Silencios elocuentes, anquilosamiento evidente

Huida hacia adelante. Tranquilidad aparente en los dos últimos días; de nuevo el fracaso asambleario. El  enésimo triunfo de la acritud azul. Los problemas aparecen y crecen, luego se instala el razonamiento creyendo que, de la misma manera que aparecen, se resuelven por sí solos. La ACB presentó la liquidación del pasado ejercicio y el presupuesto para esta temporada para que los clubes los aprobaran, también se habló dela modificación de las normas de competición y de la imposibilidad de la inscripción de los equipos en ACB la siguiente temporada si tienen contraídas deudas con entrenadores y jugadores. Hubo mucha ambigüedad en los dirigentes y una incomodidad difícil de disimular por parte de directivos como Jordi Cañelas y García Chápuli así como también de Oscar Gómez responsable del departamento de competición.

Portela hizo un speech resaltando las virtudes de la Asociación desde su punto de partida. Eduard Portela invocando al espíritu del año 83 omitiendo que los clubes se encuentran en el mismo escenario. Portela, líder septuagenario del baloncesto español no es consciente que ha vuelto a instalar al baloncesto de élite español en el mismo contexto. Los clubes son los responsables de todo lo relacionado con las problemáticas surgidas, el problema reside en que la independencia de los clubes no es inversamente proporcional al grado de responsabilidad que tienen en la Asociación. Los dirigentes de los clubes han consentido que desde la Calle Iradier se haga y se deshaga en función de sus intereses particulares. Se han publicado artículos que cuestionan notablemente la imagen y el libro de estilo de la ACB tanto en el fondo como en la forma. Portela, Queraltó y Freixa, la santísima trinidad de la Calle Iradier, han podido comprobar que ni con todo lo publicado y sucedido en los últimos meses se cuestionan sus decisiones tomadas.

La ACB transmite el mensaje mostrando su preferencia en la creencia en una mentira en lugar de asumir la realidad actual. No hay liquidez, tampoco la garantía de nuevos patrocinadores que compensen la caída de ingresos. Los clubes son conscientes que el próximo año para garantizar la sostenibilidad de la Asociación deberán aportar cantidades económicas en lugar de repartir ingresos. Este es el miedo principal de los clubes y por el que se ha preferido aprobar los presupuestos por unanimidad. Hay discrepancias, muchas transmitidas en una Comisión Delegada con Raventós, Querejeta y Juan Carlos Sánchez cuestionando todas las partidas presupuestarias. Se decidió aprobar por unanimidad para transmitir tranquilidad al exterior, sabiendo todos que todo lo expuesto ayer se trata de una falacia con el fin de alargar la agonía en la Calle Iradier.

Los clubes querían reducción de gastos y los directivos de la ACB no han emprendido sus retribuciones salariales. Se han despedido a administrativos cuyo coste no compensa el aumento de 70.000€ en retribuciones a los directivos. Se ha despedido a una administrativa de marketing que llevaba 17 años en la ACB con una indemnización de veinte días por año trabajado. Lo más grave no es este despido sino el de un administrativo que sufre de una minusvalía encargado de hacer los estudios de audiencia. Un trabajador muy querido en las oficinas puesto que a pesar de su minusvalía ponía mucho esfuerzo en las tareas que se le encomendaba. Una falta grave intolerable en el tratado de buenas maneras en la Calle Iradier, una acción inimaginable en el pasado y en su historia, en ese espíritu del 83.

Los dirigentes observan que no hay otra solución alternativa que la de confiar por enésima vez en los directivos de la ACB. Un presidente me reconoció que “para que hubiesen despidos se tenía que tener claro quién debían ser los sustitutos”. No hay sustitutos en el horizonte, todo nombre propuesto y/o publicado corre el riesgo de quemarse rápidamente. Por eso los dirigentes emiten silencios elocuentes aunque el anquilosamiento sea evidente. Por esta razón los dirigentes prefieren miran hacia otro lado y aferrarse a la mentira predicada en la Calle Iradier aunque la realidad redactada les invite a lo contrario.

Baste el ejemplo de la gestión de la problemática estallada a partir del Caso Satoransky, desvelada en estas líneas en el mes de Agosto. Esther Queraltó razonó que ante el criterio de la FEB se tramitó la licencia del jugador como cupo formativo haciendo uso de la interpretación arbitraria de la norma. Satoransky ante el criterio de la FEB cumple los requisitos ateniendo la edad del jugador, llegado a España con 17 años apunto de cumplir 18. El convenio estipula, tal y como aquí lo hemos reproducido reiteradamente, que el jugador debe sumar tres temporadas desde segundo año de infantil hasta segundo año senior. Satoransky se le tramitó la ficha en la Federación como sénior y ha cumplido tres temporadas como tal. El convenio no recogió situaciones como la de Satoransky, de la misma manera que tampoco recogió la de Prestes ni la de Henk Norel.

Tampoco se recogió la situación de un jugador como Thomas Hampl, pívot checo reclutado por el Bilbao Basket y que con 18 años recién cumplidos recaló en el Santurtzi de Liga EBA. Hampl con seis temporadas en España y con 24 años en la actualidad fue cedido al Cibona de Zagreb porque no se le podía considerar como jugador formado  localmente dado el convenio actual. Hampl con tres temporadas en el equipo podría haber sido uno de los capitanes. Bilbao Basket para cumplir con los cupos tuvo que cederlo y promocionar a Sergio Sánchez del Santurzi.

Los clubes no fueron invitados a someter a votación un criterio  en este quinto punto en la orden del día de la Asamblea. Queraltó indicó que el Caso Satoransky quedará resuelto a instancias del Consejo Superior de Deportes la próxima semana. Tampoco se procedió a la retirada cautelar de la licencia como jugador formado localmente ni de Satoransky ni tampoco la de Burjanadze. Tampoco se invitó a someter a votación un pacto para no impugnar partidos del Cajasol si se alinean a los dos jugadores hasta que el CSD no aclare el criterio a mantener en ambas situaciones.

En la Asamblea no se estableció el criterio de los clubes ante ambos casos. ACB debía aclarar que la problemática surgida con Satoransky como con Burjanadze corresponden únicamente a la FEB por ser la responsable en la tramitación de dichas licencias. ACB podía invitar al CSD a que aclare un asunto que debe resolverse con la nulidad de las licencias lo que provocaría que no tuviesen efecto desde el momento de la tramitación. Un grave problema que sucede a otros tantos surgidos a partir de la propia Federación y que más adelante han sucumbido a la propia ACB. Desde el episodio de los matrimonios de conveniencia hasta el Caso Esteban Pérez que obligó a la propia ACB a aceptar al Obradoiro como club ACB cuando fue la Federación Española de Baloncesto quién tramitó la ficha del jugador a partir de un DNI falso tal como se reconoció en la justicia ordinaria hace ya dos décadas.

Los clubes han observado una sucesión de capítulos a cuál más siniestro en los últimos meses pero no han decidido tomar decisiones para relanzar la Asociación. Los clubes entienden que la Asamblea de ayer fue un punto de inflexión que debe servir para aglutinar esfuerzos en el colectivo. Los puntos de inflexión parten desde la certeza y no en el aferrarse a la incertidumbre predicada en los presupuestos y en las decisiones ajenas a la Asociación. Las problemáticas son profundamente graves y los clubes no son lo suficientemente conscientes de lo sucedido. Bien por falta de información, bien por ignorancia en todos los aspectos o por pánico ante una situación, por el momento, desconocida. Los dirigentes a día de hoy siguen descubriendo episodios que desconocían y aún así prefieren seguir mirando hacia otro lado. Se les presenta la miseria y lo miserable en el escenario y ellos optan por barrer hacia una esquina asamblearia para poder olvidarse y tranquilizar su conciencia. La miseria y lo miserable aún apartados seguirán acumulándose, hasta tal punto que cuando realmente decidan afrontar lo acumulado sea demasiado tarde. La consecuencia del silencio elocuente por permitir el anquilosamiento evidente.

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